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Valentín Paniagua no se merece tanta hipocresía

por César Hildebrandt;  aldiaconhildebrandt@radiosanborja.com
La Primera; 17-10-2006

Los que no están en la política para servir sino para saquear le rinden homenaje.
Misa de cuerpo presente le ponen los que en la vida jamás se le parecerán.
Lo citan como ejemplo los que no tienen remedio y son parte de la caries de nuestra política.
Discursean, homenajean, desfilan por el féretro los que, sabiendo que era el mejor, le negaron su voto para terminar votando por el menos malo.
Pero don Valentín es estoico. Los mira desde la ironía desinteresada, que es una manera de describir la muerte.
Don Valentín es ahora el vitalicio Presidente de la República.
Pasará a la historia como el hombre que le dijo no a la tentación del erario.
Pasó a la historia como el señor que construyó los cimientos del sistema anticorrupción, ese que odian los fujimoristas y
desacreditan las ratas. Porque don Valentín es un hombre que se ha ido de este mundo con el mismo patrimonio con que entró a la política.
¿Cuántos pueden decir lo mismo en este reino de chupacabras y birlibirloques?
¿Cuántas casas tenías tú, dios menor, cuando llegaste a la política y con cuántas cuentas ahora? ¿Y de dónde?
Tú no tienes derecho, dios menor, a auparte al mármol inminente de Paniagua y hablar de los valores de la República en la que no crees. Porque tú eres hachemita por los forros, alahuita por algunos de tus compañeros, borbón porque rima con tú ya sabes qué, windsor por la flema con la que puedes negar a tus votantes y saboya por los rollos que te cuelgan.
Qué risa da ver a tantos enemigos morales de Paniagua llorando por su muerte anunciada. Convierten en tragicomedia del poder lo que Paniagua hubiera querido que fuera sobrio sentimiento popular.
Si el Perú fuese menos autodestructivo, hubiera elegido a Paniagua en las últimas elecciones. Era mayoritario el consenso
respecto de sus virtudes.
–Pero no se vende bien –decían–.
–Es un voto perdido –añadían–.

Perdidos estábamos nosotros, que tuvimos que elegir, al final, entre el ébola y la gripe aviar. Paniagua sintió como un alivio
el que no lo eligieran. Ya había empezado a enfermarse seriamente. Y se preparaba para esa discreta despedida que los politicastros han convertido en feriado, como él no hubiera querido.
Aunque la verdad es que se había despedido hacía buen tiempo de un país que cada día entendía menos.
¿Dónde están ahora los que le reprocharon haber obtenido ese siete por ciento con el que salvó la dignidad electoral de su
partido, hoy herido de muerte con su muerte?.
Hubo un Robespierre de los miriñaques que lo acusó de haberle robado el triunfo a Lourdes Flores. No, hombre. Lourdes Flores se robó a sí misma haciendo público su matrimonio de santa alianza con el señor Alicorp.
Lourdes optó por mister Romero y la derecha peluda. Paniagua, en cambio, no necesitóhacer ningún sacrificio para ser un
hombre de centro, un mesurado por naturaleza que creía que la equidad era lo más parecido a la justicia. Y por eso, sin partido, a pulso, de pura terquedad, obtuvo cientos de miles de votos. Fue el único candidato explícitamente de centro. Fue el único que jamás prometió lo que no podría haber cumplido.
Por eso perdió. Porque no gritaba frases grandilocuentes ni amenazaba con baños de sangre ni anunciaba el séptimo cielo
flotando en la enésima promesa de la pendejada. Porque era sobrio y bueno, honrado para más señas, por eso perdió las
elecciones.

El Perú, tal como es hoy, no se merecía a Valentín Paniagua.
Paniagua no se merecía a la mayoría de sus lloronas de ocasión.
a
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